Klaus Nomi, el extraterrestre que cautivó a David Bowie

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Klaus Nomi, el extraterrestre que cautivó a David Bowie
El alemán se atrevió a implantar sus extravagancias en un sistema consolidado, y su aportación le llevó a imponerse como precursor de la ópera a ritmo de electrónica y sintetizadores

Subestimado por la historia, olvidado por una industria sobre la que su legado planea incesantemente sin hacerle mención. Un presente que no le recuerda ni le hace justicia, a pesar de haber llegado a él antes que nosotros mismos, desde aquella Alemania de los años setenta con una propuesta que supo viajar al futuro, adelantarse a los tiempos.

A Klaus Nomi, nacido en Baviera en 1944 como Klaus Sperber, le acompañó siempre el anacronismo del genio, la culpabilidad del loco, el destierro del descreído por atisbar el porvenir y trasladar sus vaticinios al sonido y a la imagen cuando nadie creía en ellos.

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Pero él sí, y le fue suficiente. Se atrevió a implantar sus extravagancias en un sistema consolidado, y su aportación -muy pocas a esta altura en la vanguardia de las artes- le llevó a imponerse como precursor de la ópera a ritmo de electrónica y sintetizadores, mientras se escondía bajo un disfraz de mimo galáctico.

Excéntrico en forma y fondo, sensible, confiado y observador, acertó a unir la música clásica y sus dotes líricas de contratenor con el impacto de la virulencia industrial y eléctrica que, de serie, ha marcado siempre los andares del territorio germano.

Recordar en Klaus Nomi el verdadero sentido del arte como canal combativo

Recordar a Klaus Nomi es poner de manifiesto una de las facetas más surrealistas de la herencia cultural del siglo veinte, es retrotraerse al pasado para encontrar el verdadero sentido del arte como canal combativo e insurgente y dar, de paso, con la cuna de unos de los movimientos más sugestivos, el cyberpunk. David Bowie cayó rendido a sus pies y Morrissey, todavía hoy, le sigue homenajeando en alguno de sus conciertos incluyendo en el setlist canciones suyas como ‘Death’ o ‘Wayward sisters’.

Firmas de alta costura como Givenchy o Paco Rabanne se han inspirado en su efigie para confeccionar colecciones de éxito y hasta el mismo Tim Burton reconoció haber bebido de su imagen para dar vida a uno de sus personajes más emblemáticos, Eduardo Manostijeras.

La historia de quien soñaba despierto

Descendiente de una familia de artistas, la pasión por la música despertó en él siendo tan solo un niño. Tímido, retraído e hiperestésico, comenzó acercándose a su sueño como ayudante de mantenimiento en la Ópera Alemana de Berlín cuando, cada noche, tras el concierto de turno diseñado para el asueto de la alta sociedad alemana, aprovechaba la soledad del teatro para irrumpir sobre el escenario interpretando e imitando canciones de su mayor referente, María Callas.

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Entre sueños, frustraciones y una recién asimilada homosexualidad, decidió dar un paso más probando suerte con actuaciones de poca monta en diferentes tugurios del Berlín nocturno; pero ni siquiera los bajos fondos de la Alemania de finales de los sesenta estaban todavía preparados para asimilar la transgresión de lo que se traía entre manos este adalid de la modernidad, que portaba como único equipaje planetas hechos de cartón y purpurina.

De ahí que en 1970 partiera hacia Nueva York para instalarse en el moderno y aperturista barrio de East Village. Un lugar de encuentro y convivencia de artistas de todas las disciplinas, donde se andaban gestando el punk y el vanguardismo como corrientes contraculturales de la época, y donde Klaus encontró además de su sitio, el merecido reconocimiento.

Aquellas calles, aquellos espacios y aquel ambiente le permitieron dar rienda suelta a la innovación de su sonido y su imaginería, siempre cómplice de una pasión desmedida por lo paranormal y el maquillaje. Allí, jugando con el anagrama del nombre de su revista fetiche sobre ciencias ocultas, OMNI, concibió su propia identidad: Klaus NOMI.

El mimo que llegó del espacio

Ya en 1972 había aparecido en público vestido de extraterrestre para una producción satírica basada en la ópera ‘El Oro del Rin’ de Wagner; pero no fue hasta 1978 cuando el impacto de su imagen causó verdadero revuelo en el mundo, con la obra New New Vodevil.

Ataviado con un traje espacial y capa de plástico, Klaus cantó aquello de ‘Mon coeur ouvre a ta voix’ (mi corazón se abre a tu voz), de la ópera Samson et Dalila, con la que consiguió levantar a un público que ardía sorprendido desde el patio de butacas, mientras él se arrojaba a las gradas entre humo de colores, moogs e iluminación robótica. El cyberpunk no había hecho más que empezar.

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Aquella mítica actuación sirvió para que la crítica comenzara a tomarle en serio, el solitario y estrambótico artista venido de la vieja Europa empezaba a brillar como una estrella. Sus actuaciones aumentaron por la ciudad de los rascacielos, y su presencia en la farándola subterránea neoyorkina también, aunque del mismo modo que fue creando escuela con una imponente proliferación de clones e imitadores, crecían también sus detractores.

Una popularidad suscitada por una propuesta cargada de fantasía y ambigüedad que había descolocado los patrones del espectáculo clásico despertando los odios de muchos, pero también las pasiones de unos cuantos.

Este fue el caso de David Bowie, que quiso contar con su presencia para la interpretación de ‘The Man Who Sold The World’ cuando el programa Saturday Night Live le invitó al plató una noche de 1979. Nadie mejor que Klaus Nomi para representar a ese cara a cara con el hombre que vendió al mundo.

Aquella oportunidad, aquel cameo estelar junto a Sir Bowie, puso sobre las manos del alemán su primer contrato discográfico con RCA Records para grabar su álbum de debut, el homónimo Klaus Nomi (1981). En él se recogen algunas de sus piezas maestras como ‘The cold ong’ o ‘Total Eclipsse’, con las que aprovechó para condenar la homofobia a través de continuadas referencias sónicas y conceptuales al Sansón de Händel. Y solo un año más tarde, llegaría su segundo y último disco en vida, ‘Simple Man’. Un trabajo más pop y menos histriónico, con joyas imperecederas como ‘Falling in love again’ (de la película ‘El Ángel Azul’, cantada por Marlene Dietrich) y ‘Ding Dong the witch is dead’ tema para el film El Mago de Oz.

La soledad del invisible

El 6 de Agosto de 1983, en pleno despegue de su carrera, el sueño de Klaus Nomi llegaba a su fin; aquel día moría de Sida en la más absoluta soledad, abandonado y desamparado en su apartamento. Cuentan los testigos de la época que sus amigos, socios y agentes de la música habían desaparecido de su lado cuando se enteraron de que había sido infectado por el VIH; fue, de hecho, uno de los primeros artistas reconocidos mediáticamente en fallecer por tal causa.

Una criatura de otro mundo, luchador incansable contra la normalidad, que llegó solo, se fue solo, pero consiguió unir imposibles mientras estuvo.

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