Murió el músico y dibujante Daniel Johnston

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Murió el músico y dibujante Daniel Johnston

Este miércoles murió Daniel Johnston. Quizá no lo han notado porque a poca gente le importaban realmente sus cancioncillas eyectadas desde el quicio de su mollera ni tampoco sus dibujitos, y disculpen dos diminutivos en una frase, pero verán que son necesarios. Porque él era como un niño, un niño grande encapsulado en su mirada huidiza y la voz trémula y sus movimientos torpes. Todo temblaba en Daniel Johnston. Fue durante cuatro décadas la máxima expresión del artista de culto, ese tipo de creador que es adorado por un pequeño grupo de admiradores como a un álter ego con el que hay un alto grado de identificación, aunque Johnston era un personaje, subrayar personaje, más bien trágico, y si la gente empatizó con su sensibilidad brutal fue porque encontró en ella la muestra más pura de la vulnerabilidad humana.

Nacido hace 58 años en West Virginia (Texas, EEUU), padecía esquizofrenia y trastorno bipolar, y eso es algo que debe tenerse en cuenta para explicar cualquier aspecto de su trayectoria profesional y vital. Él era cantautor y hacía canciones como fantasmas buenos, dominados por las emociones, por una inocencia infantil que a menudo ha servido para describir su obra resplandeciente.

Hablando de fantasmas, Daniel Johnston se identificó a menudo con Casper. También le chiflaban los superhéroes como Capitán América y Estela Plateada, y temía por encima de todo al demonio. Pero era Casper su personaje favorito. Lo pintó muchas veces y le dedicó varias canciones muy sencillas cuya sinceridad te parte como un rayo, como esta de 1985 que dice: “Casper vive en un mundo sin promesas/ Sentado en casa en pijama/ Deseando únicamente que todo desaparezca de alguna manera/ Pasamos frente a él pero nunca nos ve/ Podría haber sido un famoso guitarrista/ No debe haber tenido ni idea/ Se siente como un tazón de espagueti/ Sin saber qué regalar/ Él es el que tiene esperanza en su alma”.

Y luego está la otra parte. Creyendo que era el propio Casper, en 1990 provocó un accidente de una avioneta que pilotaba su padre, que fue piloto de las Fuerzas Aéreas de su EEUU, tras un ataque psicótico. Así era el mundo de Daniel Johnston, a veces entrañable y emocionante; otras terrible, arrebatado por el miedo.

En 1990 ya llevaba una década grabando sus composiciones con la guitarra o un teclado en un pequeño aparato Sanyo. Siempre en casa. Siempre solo. Deseando ser querido. Luego reunía las canciones en una casete, dibujaba una portada y hacía copias que vendía él mismo, mientras trabajaba en un McDonald’s de Austin. Aquel año precisamente grabó su primer disco en un estudio, el de un productor legendario del rock ‘underground’, Kramer.

Después del accidente, cuando tenía 29 años, ingresó por primera vez en un hospital psiquiátrico. En 1993 se produjo algo realmente inesperado. Kurt Cobain, en la cumbre de su éxito fatal, empezó a aparecer en público con camisetas que mostraban un dibujo de Johnston con la leyenda ‘Hi, how are you’ (“Hola, cómo estas”).

La lista de músicos devotos de su obra y de su figura empezó a crecer sin fin, con ‘Jad Fair’ y ‘Yo La Tengo’ a la cabeza, pero en la que también se sumaron ‘Tom Waits’, ‘Eels, Bright Eyes’, ‘The Flaming Lips’, ‘TV On The Radio’ y decenas y decenas más. Llegó a grabar con una compañía multinacional, se pudo acompañar de conjuntos de rock & roll que sonaban a punk casero.

¿Estaba Daniel Johnson preparado para la popularidad? Obviamente, no. Sus 15 minutos de fama le permitieron empezar a hacer giras más largas y a grabar de manera profesional. Ello le dejó expuesto a la desaconsejable compañía de oportunistas que se acercaron a él para explotar ese talento que manaba y se desparramaba sin control.

Un mundo tan grotesco como las imágenes de algunos de sus dibujos empezó a envolver al artista. Algo sórdido; algo incómodo. Todo eso aparece contado en el documental ‘The devil and Daniel Johnston’, que en 2005 le valió a Jeff Feuerzeig el premio a mejor director de documental en el Festival de Sundance. Como había sucedido a mediados de los años 90, de nuevo su nombre cobró relevancia de nuevo.

Siguió grabando, siguió tocando, y dibujando y exponiendo también, hasta que hace dos años anunció que abandonaba los escenarios. Este martes murió por un ataque al corazón, según confirmó su manager, Jeff Tartakov. Su hermana afirmó a medios locales que padecía serios problemas de salud que habían empeorado “significativamente” en los últimos años.

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